Trabajo sexual, prostitución y pornografía: algunas reflexiones | Por Rodrigo Ortega

 

Trabajo sexual, prostitución y pornografía: algunas reflexiones

 

En el último tiempo la discusión pública y académica ha mirado con mucho interés al cuerpo y sus relaciones con lo social, lo político y lo cultural. El cuerpo aparece como agente de transformación, como un foco de la violencia, como territorio de cuestionamiento ontológico y epistemológico, como herramienta de producción simbólica y cultural y, por supuesto, el cuerpo se comercializa, se tranza incluso en los mercados virtuales y las redes sociales. Dentro de este panorama, la discusión sobre el trabajo sexual y la prostitución es compleja pues aborda varios lugares de análisis: la producción intelectual y teórica sobre la prostitución tanto en términos socioculturales como también en el área del derecho nacional e internacional, las diversas miradas desde los movimientos sociales que oscilan entre el abolicionismo y la regulación con diferentes actualizaciones en función de cada territorio, el cuestionamiento moral y los aspectos psicosociales que se vinculan inevitablemente al trabajo sexual, por decir algunos.

 

Es por eso que me interesa posicionarme teniendo en consideración que les individues adultes pueden vivir de manera autónoma y que los cuestionamientos a la prostitución que no parten de un cuestionamiento a las lógicas de división del trabajo en un sistema capitalista no son suficientes para acercarnos al problema.

 

En ese sentido es importante mencionar que la trata y el tráfico de personas son delitos que deben ser penalizados por el derecho nacional e internacional, teniendo en consideración la naturaleza principalmente colonial de este problema en relación con las lógicas geopolíticas en las que se articula. Esos delitos no son considerados trabajo sexual o prostitución en esta columna.

 

Es evidente que el trabajo sexual es un tema difícil de abordar, sin embargo, en la última década asistimos a una transformación cultural vertiginosa. El porno deja de ser un producto que se produce solamente en grandes estudios y que se consume en lugares específicos. La masividad de las cámaras y la aparición de plataformas como OnlyFans o JustForFans posibilitan el surgimiento de un mercado ambiguo. La posibilidad de grabarse de manera amateur hace aparecer cuerpos diversos. Muchos de ellos desafían las normas corporales instaladas por la industria del porno y su imaginario falocéntrico, blanco, gordofóbico. Las redes sociales difuminan las esferas de lo público y lo privado y pareciera que en ese espacio acuoso los discursos sobre la censura del cuerpo se hacen laxos. Al mismo tiempo, el encuentro de potenciales clientes en términos concretos se facilita con el uso masivo del internet y con la utilización de apps que permiten incluso la codificación de un lenguaje para la transacción sexual. Esto produce una bifurcación en lo que conocíamos tradicionalmente como prostitución pues las plataformas digitales permiten comercializar el cuerpo sin contacto físico. Muchas veces les trabajadores sexuales utilizan ambas formas para trabajar. Así, el trabajo sexual virtual se actualiza con peep shows (popularizados por la plataforma CAM4), venta de “packs” y de videos de contenido sexual o erótico, producción de contenido erotico fetichista, entre otras prácticas.

 

Me interesa explorar esta forma de trabajo sexual sin juicios de valor. Mi aproximación es más bien neutral pues las problematicas de esta forma de trabajo sexual no son menos intensas por su formato. Creo que es interesante el poder “democratizante” de la producción pornográfica amateur. Permite la aparición y circulación de cuerpos y discursos que la producción industrial pornográfica no permitía. Las producciones teóricas desde el feminismo sobre el porno y el posporno exploran el discurso pornográfico desde una perspectiva política y estética. Las redes sociales, por su parte, visibilizan cuerpos que no se ajustan a las normas corporales y sexogenéricas. En ese sentido me atrevo a decir que las nuevas plataformas digitales posibilitan una apertura de imaginarios en torno al cuerpo, lo erótico y lo pornográfico, haciendo esos discursos más cercanos pues circulan en la esfera pública digital. Esto trae como consecuencia formas nuevas de violencia. Por un lado, las filtraciones de contenido propio y el acoso virtual son las principales en relación con las formas de producción pornográfica amateur. Sin embargo, fuera de la esfera virtual, les trabajadores sexuales, al menos en Chile –en Colombia la legislación ha avanzado en materia de derechos para trabajadores sexuales siguen sufriendo los mismos problemas que reclaman desde hace un tiempo: desprotección del Estado en materias de derechos laborales, problemas asociados a la protección de la salud individual y pública, violencia por parte de clientes, estigmatización social, por decir algunos.

 

Me parece contradictorio el avance en términos de exposición y visibilidad, pero la detención en materia de derechos. Principalmente porque el acoso y la estigmatización son problemas psicosociales que les trabajadores sexuales o les creadores de contenido erotico deben vivir sin apoyo. El problema es un asunto que tiene relación con lo público y lo privado: la transgresión que la moral no soporta es que se haga pública la sexualidad, siempre reprimida y relegada a la intimidad privada.

 

Es momento de pensar el trabajo sexual, la produccion pornográfica y la producción artística erótica sin tabúes pues la cultura en la que vivimos hace de esos temas asuntos de interés público y, por lo tanto, asuntos que tienen relación con derechos y deberes. Es momento también de escuchar a quienes se vinculan en esos campos de producción cultural, teórica y política pues los problemas relacionados con la censura Instagram, por ejemplo– no sólo afectan la circulación de cultura, sino que muchas veces esos problemas se traducen también en una reducción de ingresos. Urge también tener una apertura en la mirada con la que nos acercamos al fenómeno de la prostitución, el trabajo sexual y el porno, muchas veces no comprender las demandas de quienes hacen del trabajo sexual su forma de sustento económico terminan precarizando más sus condiciones materiales.

 

Artículo: Rodrigo Ortega

Fotografía: Oscar Milano

 

Sex work, prostitution and pornography: some reflections

 

In recent times, public and academic discussion has looked with great interest at the body and its relations with the social, political and cultural. The body appears as an agent of transformation, as a focus of violence, as a territory of ontological and epistemological questioning, as a tool of symbolic and cultural production and, of course, the body is commercialized, traded even in virtual markets and social networks. Within this panorama, the discussion on sex work and prostitution is complex because it addresses several places of analysis: the intellectual and theoretical production on prostitution both in sociocultural terms and also in the area of ​​national and international law, the different views from the social movements that oscillate between abolitionism and regulation with different updates depending on each territory, the moral questioning and the psychosocial aspects that are inevitably linked to sex work, to say a few.

 

That is why I am interested in positioning myself taking into consideration that adult individuals can live autonomously and that the questions of prostitution that do not start from a questioning of the logic of division of labor in a capitalist system are not enough to approach the problem.

 

In this sense, it is important to mention that human trafficking and smuggling are crimes that must be penalized by national and international law, taking into account the mainly colonial nature of this problem in relation to the geopolitical logic in which it is articulated. Those crimes are not considered sex work or prostitution in this column.

 

It is evident that sex work is a difficult subject to tackle, however, in the last decade we have witnessed a vertiginous cultural transformation. Porn is no longer a product that is produced only in large studios and is consumed in specific places. The massiveness of the cameras and the appearance of platforms such as OnlyFans or JustForFans allow the emergence of an ambiguous market. The possibility of filming in an amateur way makes diverse bodies appear. Many of them defy the body norms established by the porn industry and its phallocentric, white, fat-phobic imaginary. Social networks blur the spheres of the public and the private and it seems that in this watery space the speeches on the censorship of the body become lax. At the same time, the meeting of potential clients in concrete terms is facilitated with the massive use of the internet and with the use of apps that even allow the coding of a language for the sexual transaction. This produces a fork in what we traditionally knew as prostitution, since digital platforms allow the body to be commercialized without physical contact. Sex workers often use both ways to work. Thus, virtual sex work is updated with peep shows (popularized by the CAM4 platform), sale of “packs” and videos of sexual or erotic content, production of fetishist erotic content, among other practices.

 

I am interested in exploring this form of non-judgmental sex work. My approach is rather neutral since the problems of this form of sex work are no less intense due to its format. I think the “democratizing” power of amateur pornographic production is interesting. It allows the appearance and circulation of bodies and discourses that the industrial pornographic production did not allow. Theoretical productions from feminism on porn and post-porn explore the pornographic discourse from a political and aesthetic perspective. Social networks, for their part, make visible bodies that do not conform to body and gender norms. In that sense, I dare to say that the new digital platforms allow an opening of imaginaries around the body, the erotic and the pornographic, making those discourses closer as they circulate in the digital public sphere. This results in new forms of violence. On the one hand, leaks of their own content and virtual harassment are the main ones in relation to forms of amateur pornographic production. However, outside the virtual sphere, sex workers, at least in Chile –in Colombia the legislation has advanced in the matter of rights for sex workers continue to suffer the same problems that they have been demanding for some time: lack of protection from the State in matters of labor rights, problems associated with the protection of individual and public health, violence by clients, social stigmatization, to say a few.

 

The progress in terms of exposure and visibility seems contradictory to me, but the detention in terms of rights. Mainly because harassment and stigmatization are psychosocial problems that sex workers or creators of erotic content must live without support. The problem is a matter that is related to the public and the private: the transgression that morality does not support is that sexuality is made public, always repressed and relegated to private intimacy.

 

It is time to think about sex work, pornographic production and erotic artistic production without taboos because the culture in which we live makes these issues matters of public interest and, therefore, issues that are related to rights and duties. It is also time to listen to those who are linked in those fields of cultural, theoretical and political production, since the problems related to censorship Instagram, for example– not only affect the circulation of culture, but many times these problems also translate into a reduction in income. It is also urgent to have an open perspective with which we approach the phenomenon of prostitution, sex work and porn, many times not understanding the demands of those who make sex work their form of economic sustenance end up making their material conditions more precarious.

 

Article: Rodrigo Ortega

Photography: Oscar Milano