Odiar a los hombres | Por José Miguel Salgado

 

Odiar a los hombres

 

Mi relación con los hombres siempre ha sido una relación complicada. Mi papá supo que yo era homosexual mucho antes de que yo descubriera lo que significaba. Intentó por todos los medios masculinizarme, principalmente obligándome a jugar fútbol. Negarme significó posicionarme como su opuesto, y por consecuencia, ver a todos los hombres en una esquina contraria a la mía.  Desde ahí en adelante la mirada de cualquier otro hombre significó estar a la defensiva de sus mediciones a mi masculinidad.

 

Así, encontré un lugar con las mujeres: mi madre, mi hermana, mi abuela, mi prima, mis tías y eventualmente mis amigas, me acogieron. Como un refugiado, disfruté enormemente su forma de entender el mundo. De ellas aprendí la intimidad de la amistad, el respeto por las emociones y a hacer de la fragilidad fortaleza.

 

Durante la adolescencia, una vez que despertó mi necesidad de acercarme a otros hombres, descubrí lo difícil que se me hacía relacionarme con ellos. Los hombres heterosexuales utilizaban códigos que no entendía y en los homosexuales encontraba la misma actitud defensiva que yo tenía con ellos.

 

Las cosas se mantuvieron así por bastante tiempo, pero la ola feminista de los últimos años vino a remover la estructura en la que había vivido. Entender las presiones, dificultades y violencias a las que las mujeres se han visto expuestas por su género ha evidenciado tajantemente las diferencia entre mi experiencia de vida y las de las mujeres que me rodean. Esto me ha invitado no solo a nueva comprensión de nuestra sociedad, sino a tener que asumir mi lugar entre los hombres. Este, para mí, es un lugar incómodo. ¿Cuáles son mis vínculos con quienes siempre me he sentido distante y que se preocuparon de hacerme sentir cada una de mis faltas a la hora de asociarme con ellos?

 

En un capítulo de la serie Sex Education, a un grupo de mujeres se les pide encontrar sus puntos en común, pero por horas no lograron encontrar ningún solo aspecto que las conectara a todas. Finalmente, descubren que lo único que el único común denominador eran las experiencias, principalmente negativas, que había debido enfrentar por su género, nada más.

 

Este es un ejercicio complejo, especialmente desde la vista de los hombres. No quiero caer en lo políticamente correcto y decir que nos unen nuestros privilegios. Porque no es así. Por su puesto los privilegios existen, especialmente cuando nos comparamos entre hombres y mujeres, pero mirar al interior de la masculinidad no es nada más que ver división. Heteros, homosexuales, trans, indígenas, ricos, pobres, masculinos, afeminados, guachos, fuertes, débiles, astutos, tontos, activos, pasivos, flacos, gordos, rubios y negros, por nombrar algunas formas en que nos separamos. Aquí nos encontramos con un problema, porque encontrar los puntos en común nos obliga a empatizar con quienes poseen privilegios o han sido responsables de violencias, y esto no es fácil. Nos desafía a hacer algo que hoy es bastante impopular, reconocer los matices. Hacernos cargo de la incomodidad de las dualidades, donde debemos exigir responsabilidad y al mismo tiempo ofrecer comprensión. La matemática de esta paradoja no está resuelta, pero debo decir que las respuestas totalitarias que hoy se han popularizado no me parecen atractivas, ni útiles.

 

Para mí, ese desafío se materializa en mi padre, el símbolo de la masculinidad opresora durante toda mi infancia. ¿Cómo no culparlo por todas las veces que me sentí insuficiente y forzado a cumplir estándares que no alcanzaba? ¿Cómo no cortar con él? Cancelarlo. Dar por muerta su masculinidad arcaica en estos nuevos tiempos de deconstrucción. Si bien quizás para algunos esa sea la respuesta, yo siento es a través del entendimiento y la empatía con los episodios que lo formaron a él como hombre, que podré hacer sentido de lo que significa ser uno y finalmente cruzar a la otra esquina sintiéndome parte del grupo, pero orgulloso de mi propia identidad.

 

Artículo: José Miguel Salgado

Fotografía: Oscar Milano

 

Hate men

 

My relationship with men has always been a complicated relationship. My dad knew I was gay long before I found out what it meant. He tried by all means to masculinize me, mainly by forcing me to play soccer. Denying me meant positioning myself as his opposite, and consequently, seeing all the men in a corner opposite to mine. From then on the gaze of any other man meant being on the defensive of his measurements of my masculinity.

 

Thus, I found a place with women: my mother, my sister, my grandmother, my cousin, my aunts and eventually my friends welcomed me. As a refugee, I greatly enjoyed their way of understanding the world. From them I learned the intimacy of friendship, respect for emotions and to make fragility a fortress.

 

During adolescence, once my need to reach out to other men was awakened, I discovered how difficult it was for me to relate to them. Heterosexual men used codes that I did not understand and in homosexuals I found the same defensive attitude that I had with them.

 

Things stayed that way for quite some time, but the feminist wave of the last few years came to shake the structure in which I had lived. Understanding the pressures, difficulties and violence to which women have been exposed due to their gender has sharply highlighted the differences between my life experience and those of the women around me. This has invited me not only to a new understanding of our society, but to have to assume my place among men. This, for me, is an uncomfortable place. What are my links with whom I have always felt distant and who cared to make me feel each of my faults when associating with them?

 

In an episode of Sex Education, a group of women are asked to find their common ground, but for hours they could not find a single aspect that would connect them all. Finally, they discover that the only common denominator was the experiences, mainly negative, that they had to face due to their gender, nothing more.

 

This is a complex exercise, especially from the view of men. I do not want to be politically correct and say that we are united by our privileges. Because is not like that. Of course, privileges exist, especially when we compare ourselves between men and women, but looking into masculinity is nothing more than seeing division. Straight, gay, trans, indigenous, rich, poor, masculine, effeminate, strong, weak, crafty, dumb, active, passive, skinny, fat, blond and black, to name a few ways we divided ourselves. Here we find ourselves with a problem, because finding common ground forces us to empathize with those who have privileges or have been responsible for violence, and this is not easy. It challenges us to do something that is quite unpopular today, to recognize the nuances. Taking care of the discomfort of dualities, where we must demand responsibility while offering understanding. The mathematics of this paradox is not resolved, but I must say that the totalitarian responses that have become popular today do not seem attractive or useful to me.

 

For me, that challenge materializes in my father, the symbol of oppressive masculinity throughout my childhood. How can I not blame him for all the times I felt inadequate and forced to meet standards that I did not meet, how not to cut him off? Cancel him. Give up his archaic masculinity in these new times of deconstruction. Perhaps for some of you that is the answer, but I feel it is through understanding and empathy with the episodes that formed him as a man, that I will be able to make sense of what it means to be one and finally cross to the other corner feeling part of the group but proud of my own identity.

 

Article: José Miguel Salgado

Photography: Oscar Milano