Sobre el body positive y el amor propio | Por Rodrigo Ortega

 

Sobre el body positive y el amor propio

 

Al menos hace 20 años, sólo por mencionar una fecha, se habla públicamente sobre el desnudo en Chile. Obviamente hay otras oportunidades antes, sin embargo, en el año 2000 el revuelo que ocasionó “La casa de vidrio”, en el 2002 la performance de “Baby vamp” y la visita de Tunick pusieron el tema del cuerpo desnudo y la moral en la conversación más cotidiana. Hoy en día, motivados por discusiones levantadas desde los feminismos, las luchas antirracistas y los cuestionamientos al capitalismo desde diferentes veredas, el cuerpo es un espacio de disputa donde se tensionan diferentes signos.

 

La desnudez, por supuesto, es un punto importante dentro de esas discusiones puesto que es en la desnudez donde aparecen más visiblemente los discursos que le atañen al cuerpo y su rol en la sociedad.

 

Un cuerpo vestido puede ser público. Una manera de vestir puede hacer completamente la diferencia en el trato que tendrá el otro al momento de socializar. Usamos cierta ropa para trabajar, pasamos la mayor parte de nuestra adolescencia uniformados, todos vestidos de la misma manera, idénticos los unos a los otros, para luego acomodarnos a la vestimenta en el espacio formal del trabajo.

 

El cuerpo desnudo, por otro lado, es ocultado en el ámbito de lo privado y lo personal. Nos aseamos desnudos. Nos tocamos desnudos. Tenemos una relación íntima con el cuerpo desnudo. Es un espacio solitario la mayoría del tiempo. Un espacio silencioso donde habitamos sinceramente. La desnudez es también el espacio del sexo y de los diferentes placeres. La apertura. El encuentro en lo continuo. Un espacio liminal con el mundo.

 

Sin embargo, la hegemonía corporal ha conseguido instalarse por diferentes dispositivos culturales como el cine, la moda, el mercado o la publicidad, un malestar en la relación que tenemos con el cuerpo. El catolicismo aún muy presente clausuró al cuerpo y muchos movimientos políticos y culturales han resistido con el cuerpo mismo a dicha cerrazón, a la censura y a la moral. Actualmente, el modelo de producción capitalista ha construido discursos que posicionan y hacen circular en las diferentes redes de información, cuerpos que responden a ellos: cuerpos entrenados, en el gimnasio o en la casa, cuerpos marcados, tonificados. Cuerpos productivos. Cuerpos saludables, bien alimentados, cuerpos orgánicos, hidratados, sanos, al día, productivos. Cuerpos delgados, bellos, sinuosos. Cuerpos blancos. Cuerpos sin heridas ni cicatrices. Cuerpos brillantes, deliciosos, pulcros y limpios.

 

En resistencia a estos discursos aparecen formas diferentes de pensar el vínculo con el cuerpo en la relación personal y en la social. El body positive o el amor propio intentan promover la aceptación propia del cuerpo en relación a esa belleza hegemónica. Ante unos estándares que muchas veces por su naturaleza colonial no son alcanzables, se visibilizan cuerpos que no caben en dicha categoría haciendo evidente su belleza. La visibilización promueve a su vez la identificación con esos cuerpos “otros” y el “empoderamiento” personal. También intentan resignificar el lenguaje con el que la hegemonía corporal nombraba en tanto centro a los diferentes cuerpos que no eran aceptados por la norma. Sin embargo, la crítica que se le hace a los discursos del amor propio tiene relación con el carácter personal con el que se motivan muchas de esas discusiones. El amor propio es de carácter principalmente individual. El empoderamiento también apela a ese espacio de acción. “Aceptar los propios defectos” y entenderlos como algo “bello” en contra de los que dicen los discursos hegemónicos, si bien aporta con creces a los procesos personales, asigna el valor a las personas no en tanto personas, sino en tanto personas que abrazan su belleza. Además, desde el activismo gordo y el activismo trans por dar un ejemplo, se apela principalmente a las estructuras que sostienen diferentes opresiones, en relación con la salud pública se busca un trato que ponga en el centro a la persona y que se libere de los estigmas y la desinformación. Con esto no quiero decir que los discursos del amor propio o el body positive no sean importantes, sino que creo que es importante recalcar la naturaleza estructural del problema en relación con el cuerpo, la aceptación y el desnudo.

 

En las sociedades colonizadas estas estructuras tienen relación directa con la organización racial que las sostienen. Los discursos construidos por el colonialismo terminan normalizando el cuerpo blanco hegemónico, exotizan las diferencias (1), construyen estereotipos raciales que son internalizados (2). En ese juego de espejos y de miradas no logramos vernos sino desde los ojos coloniales. Desaprender -o crear a partir de- esa mirada nos permite un vínculo más cercano con nuestra experiencia corporal, sensorial y social. Encontrar una mirada propia, territorializada, histórica, narrar nuestro cuerpo, exhibirlo, mostrarlo, escribir desde él, es un camino interesante y necesario en el proceso político que, como menciona el feminismo, posiciona en el espacio de la lucha política los aspectos personales.

 

Para aceptar nuestros cuerpos, para amarlos, es necesario conocer su historia, entender las marcas que el cuerpo lleva y, sobre todo, comprender su origen. Explorar, en ese camino de autoconocimiento, la violencia con que fueron construidas las naciones y sus imaginarios, y cómo la cultura impone imágenes que construyen un “cuerpo ideal” imposible.

 

Creo que en ese camino de autoreconocimiento podremos reconciliarnos con nuestro cuerpo y su historia. Revisitarnos desde ese lugar, con el foco en la autoexploración y la creación, en un ámbito personal e íntimo, con miras a la aceptación no solo de nuestra “belleza” sino de la enseñanza que hemos recibido y de los ideales que hemos introyectado que no dejan ver nuestro cuerpo como lo que es: un espacio irreductible donde somos nosotrxs mismxs.

 

(1) Said, Edwuard. “El Orientalismo”. 1997
(2) Fanon, Franz. “Piel negra, máscaras blancas”. 1952

 

Artículo: Rodrigo Ortega

Fotografía: Oscar Milano

 

About body positive and self-love

 

At least 20 years ago, just to mention a date, there is public talk about the nude in Chile. Obviously there are other opportunities before, however, in 2000 the uproar caused by “The crystal house” in 2002 the Baby Vamp performance and Tunick’s visit put the theme of the naked body and morality in the more everyday conversation. Today, motivated by discussions raised by feminisms, anti-racist struggles and questions of capitalism from different paths, the body is a space of dispute where different signs are stressed.

 

Nudity, of course, is an important point in these discussions since it is in nudity that discourses that concern the body and its role in society appear most visibly.

 

A clothed body can be public, one way of dressing can make a complete difference in how the other will be treated when socializing. We wear certain clothes to work, spend most of our adolescence in uniform, all dressed the same, identical to each other, and then adjust to the dress in the formal work space.

 

The naked body, on the other hand, is hidden in the realm of the private and the personal. We wash naked, we touch naked, we have an intimate relationship with the naked body. It is a lonely space most of the time. A silent space where we sincerely dwell. Nudity is also the space of sex and of different pleasures. The opening. The meeting in the continuous. A liminal space with the world.

 

However the corporal hegemony has managed to install by different cultural devices such as Cinema, Fashion, Market or advertising, a malaise in the relationship we have with the body.

 

Catholicism, still very present, closed the body and many political and cultural movements have resisted with the body itself to this closure, censorship and morality. Currently, the Capitalist production model has constructed discourses that position and circulate in the different information networks, bodies that respond to them: trained bodies, in the gym or at home, toned bodies. Productive bodies. Healthy, well-fed bodies, organic, hydrated, up-to-date, productive bodies. Slim, beautiful, sinuous bodies. White bodies. Bodies without wounds or scars. Bright, delicious, neat and clean bodies.

 

In resistance to these discourses, different ways of thinking about the link with the body appear in personal and social relationships. Body positive or self-love tries to promote the body’s own acceptance in relation to that hegemonic beauty. Faced with standards that are often not achievable due to their colonial nature, bodies that do not fit into this category become visible, making their beauty evident. Visibility in turn promotes identification with these “other” bodies and personal “empowerment”. They also try to resignify the language with which the corporal hegemonic named the different bodies that were not accepted by the norm as a center. however, the criticism that is made of discourses of self-love is related to  the personal character with which many of these discussions are motivated. Self-love is primarily individual in character. Empowerment also appeals to that space for action. “Accepting one’s own defects” and understanding them as something “beautiful” contrary to what the hegemonic discourses say, although it greatly contributes to personal processes, it assigns values to people who embrace their beauty. In addition from Fat Activism and Trans Activism to give an example, it mainly appeals to the structures that sustain different oppressions, in relation to public health, a treatment is sought that puts the person at the center and frees themselves from the stigma and misinformation. By this I do not mean that discourses of self-love or body positive are not important, but I think it is important to emphasize the structural nature of the problem in relation to the body, acceptance and nudity.

 

In colonized societies, these structures are directly related to the racial organization that sustains them. The discourses constructed by colonialism end up normalizing the hegemonic white body, exoticize differences and construct racial stereotypes that are internalized. In this game of mirrors and gazes we cannot see ourselves except through colonial eyes. Unlearning -or creating from- that gaze allows us a closer link with our bodily, sensory and social experience. Finding one’s own, territorialized, historical gaze, narrating our body, exhibiting it, showing it, writing from it, is an interesting and necessary path in the political process that, as feminism mentions, position personal aspects in the space of political struggle.

 

To accept our bodies, to love them, it is necessary to know their history, understand the marks that the body bears and, above all, understand their origin. Explore, on this path of self-knowledge, the violence with which nations and their imaginaries were built, and how culture imposes images that build an impossible “ideal body”.

 

I believe that on this path of self-recognition we will be able to reconcile ourselves with our body and its history. Revisitings ourselves from that place, with the focus on self-exploration and creation, in a personal and intimate sphere, with a view to accepting not only our “beauty” but also the teaching we have received and the ideals that we have introjected that don’t let us see our body for what it is: an irreducible space where we are ourselves.

 

 

Article: Rodrigo Ortega

Photography: Oscar Milano